En el epílogo de Primera plana, los autores señalan que su impulso inicial fue el de escribir una obra que recogiera el desprecio albergado por la que había sido su profesión, partiendo del sentimiento de superioridad intelectual que les embargaba en ese momento. Sin embargo, a medida que Wilder y Diamond la escribían se percataron de que su actitud era falaz dado que ambos añoraban los años que habían formado parte de la jungla periodística. La propuesta, en palabras del estudioso del género Peña Fernández, terminó siendo un sentido homenaje a la antigua profesión, a los compañeros y a la ciudad en la que se desencadenaban escenas desternillantes que no era otra que Chicago. Rematar Primera plana, acabaron admitiendo a posteriori los referidos magos de las cuartillas, les había ayudado a comprender que en realidad no eran dos dramaturgos ni dos pretenciosos intelectuales, sino simple y llanamente un par de periodistas en el exilio.
Un vástago ha liquidado en 2018 su segundo guión y tanto en éste como en el anterior no faltan las andanzas de reporteros que se cuelan por las esquinas en busca del objetivo trazado.

 

La insistencia de alguien, que desde que fuera destetado ha sentido en su cuarto los latidos y la fiebre que insufla conseguir la portada deseada, no se sabe con precisión si responde a lo cinematográfico que se ha mostrado siempre el frenético ritmo redaccional o si lo ha hecho antes de caer en una redundancia porque el oficio sea pura ficción. En aquella calle Madison en torno a la que se sitúa la trama en la que Hildy Johnson y Walter Burns, es decir Lemmon y Matthau, ponen al espectador a cien, convivían a principios de los años veinte gánsteres, sicarios, cronistas de sucesos, chantajistas, extorsionadores, vendedores y distribuidores de diarios que eran aniquilados en caso de no contribuir descaradamente a suministrarles el mayor número de ventas. La competencia entre una multitud de cabeceras por lograr la supremacía no se andaba con chiquitas.

"Aún resuena en los oídos de quienes la habitaban el repiqueteo de las máquinas de escribir que no tenía nada que envidiar al de una ráfaga de disparos"

A rebufo de esas historias observadas desde el retrovisor por Wilder en la década de los setenta, se puso en circulación la primera marca con el sello de esta casa que ahora se conmemora. Aún resuena en los oídos de quienes la habitaban el repiqueteo de las máquinas de escribir que, a la hora en que se acercaba el cierre, no tenía nada que envidiar al de una ráfaga de disparos entre bandas rivales. Poco a poco, las transformaciones tecnológicas desterraron de su seno el subyugante olor a tinta y fueron dotando a la salas de parto diario de un clima silenciosamente sospechoso, presagio quizá de las muchas incertidumbres que estaban por llegar. Las mismas que hace un tiempo ya habitan entre nosotros.

Cuatro décadas después del estreno de Primera plana y de la cabecera inaugural del Mundo Epi, Billy Wilder reposa en las alturas consagrado para la eternidad mientras que a las compañías informativas que alcanzaron el Olimpo gracias a una decidida apuesta por la independencia y la búsqueda pertinaz de unos baremos estimables de calidad, lejos de recoger los frutos de su arrojo, no les queda otra vía que reinventarse. Sin saber a ciencia cierta qué morfología resultará de los profundos cambios de estándares que se precisan acometer para no dejar de interesar a los buscadores, lo único claro es que la vida no sigue igual. El soporte publicitario que hasta hace dos días constituía el pilar de fortaleza sobre el que asentarse la madre del cordero se ha desintegrado y las cabecitas que habitan la constelación digital han vuelto su mirada hacia las suscripciones como el sostén viable que permita llevar a la plebe lo que ésta demanda.

Democráticamente el trasiego es irreprochable pero, empresarialmente, el desafío es fino después de tantos contorsionismos experimentados. Pioneros de referencia de estos encuentros en la tercera fase han empezado a coger velocidad de crucero. Tras establecer el paywall, se acabó la barra libre y una buena porción de contenidos, lo mollar, solo estará accesible si se apoquina. El podcast, quién nos lo iba a decir, empieza a convertirse en una fuente de ingresos nada desdeñable para los periódicos. Y a esto sumémosle vídeos, chismes interactivos, eventos en vivo, venta de viajes y apepés de recetas de cocina de pago, entre otras ofertas, sin perder de vista que el papel, madre mía, ha dejado paso al móvil como elemento primordial a la hora de informarse. Esa mierda de aparatito sin el que no sabemos vivir ha terminado con la red de cabinas y tiene enfilados a los quioscos. Algún día también a él le llegará la hora.

Estando al mando, el baranda se mantuvo incorregible al frente del Examiner. De su círculo de influencia no salía vivo ningún preboste con olor a podrido ni ningún reportero de lujo con brotes de pasar a una vida más aseada. La tropa que ha compuesto las entrañas de este grupo periodístico en el que está usted, capitaneada por un editor que se la jugó por lo más sagrado, ha hecho que el árbol dé jugosos frutos. Aunque un periódico no sea el cortinglés ni viceversa, el propósito es transformarse en un gran mostrador de aquello que se ponga a tiro. Pero contándole al pagano las claves de lo que le interesa mejor que el resto es la forma natural de seducir al condenado click. Como diría Burns, no hay más película.