Cualquiera de nosotros cumple años, como el otoño arroja hojas al suelo. Leí una vez a un psicólogo italo-americano, Leo Buscaglia, que comentaba una anécdota al respecto. Decía que cuando entró a trabajar en la Universidad de San Francisco adquirió una casa en las inmediaciones de la universidad. Durante la caída de la hoja, descubrió el magnífico ruido y aroma que suponía tener todo el jardín frontal de su casa repleto de hojas. Ese crujido, esas tonalidades, ese aroma a húmedo por la mañana. Pero el viento hacía de las suyas. Traía y llevaba hojas sin dueño a los vecinos. La comunidad de propietarios le envió una carta al Dr. Buscaglia para que, educadamente, recogiese las hojas del otoño. Pacientemente sacó su carretilla y el tenedor grande recoge-hojas y se dispuso a dejar limpio de hojas el jardín. Cada coche que pasaba por la puerta de su casa hacía sonar su claxon, y con el pulgar hacia arriba le hacían saber, al profesor recién llegado, que les agradaba que recogiese «sus hojas».

Días después, cuando ya todo el jardín estuvo libre de esas hojas caídas, el profesor abrió de par en par las ventanas y miró pacientemente esperando el paso en coche de algún vecino. Los primeros no tocaron el claxon. Al rato, uno hizo sonar el mismo y con el pulgar hacia arriba dignificó la limpieza del jardín. Raudo, el profesor se inclinó hacia el suelo de su salón-comedor y con ambas manos arrojó las hojas hacia arriba en señal de disfrute. El del coche alucinó. Había metido todas las hojas del jardín, que eran molestas para sus vecinos, en el salón de su casa. Ahí, en soledad, podía oler, escuchar y ver ese espectáculo de hojas caídas.

Cuento esta anécdota por lo que significa el paso del tiempo. A veces nos resignamos a querer apagar el ruido de las hojas, quitarlas de en medio en su simbología que es decrepitud. Y hay una especie de vida perfecta que se antoja irremediablemente irreal. Porque la vida, la realidad contada, es más compleja que una simple fotografía. Más compleja que una simple entrevista. Y más interesante que el último gol de nuestro equipo.

"En el sabor inequívoco del placer de palpar las hojas y oler ese inenarrable olor a imprenta vieja, algunos todavía nos aferramos al pasado"

Por eso, cuando abrimos el periódico por la mañana sabemos que sus hojas están muertas. Es más, sabemos que sus hojas contienen noticias ya ocurridas. Opiniones ya leídas, o pensadas. Pero no nos resignamos a palparlas. O manosear esas páginas cafeteras y tomateras de mañana. Incluso si es de otro día, todavía alberga la esencia de la hoja. Que es la verdadera verdad de la propia existencia. Podríamos releerlo. Como podríamos pisar dos veces el mismo pasto de hojas, y el ruido no sería el mismo.

Podríamos guardar una de sus hojas y el amarillo no será el mismo una semana después, que diez años más tarde. Pero sus hojas saldrán cada mañana y cada mañana morirán. Como la muerte es el mismo proceso de la vida, volverán a salir otras, del mismo árbol, del mismo periódico, o de otro árbol, o de otro medio de comunicación. Pero las hojas, nuestras hojas, blanquecinas y amarillentas por días, reflejarán indefectiblemente el paso del tiempo que ya no volverá. Y por eso esa necesidad de tenerlas y compartirlas. Cuando alguien abandona las hojas, algo se muere para siempre. Y en el sabor inequívoco del placer de palpar las hojas y oler ese inenarrable olor a imprenta vieja, algunos todavía nos aferramos al pasado.

Muchos años desde que este periódico cambió su titularidad. Pero como la casa del viejo profesor Buscaglia, las hojas siguieron cayendo y formando parte de la vida de los propietarios, de los escritores y de los lectores. El jardín del periodismo se ha convertido en un botánico en extinción. Como haya de ser el tratamiento de esas hojas que caen supondrá el placer de la lectura futura. Podría pedirles que cuarenta años de hojas sean suficientes para alimentar las almas de viejos profesores, o viejunos como yo. Pero sea lo que tenga que pasar, que sepan que yo ya he pasado los 50, y me quedan menos hojas que a este periódico. Cuidemos las hojas, y a los que las fabrican.