Cuando el grupo Prensa Ibérica vio la luz en 1978, la economía alicantina ya contaba con muchos de los mimbres que conformarían su identidad a lo largo de las cuatro décadas siguientes. Los años del desarrollismo habían permitido transformar sectores tradicionales como el juguete, el calzado o el textil en importantes industrias exportadoras que tiraban de la actividad en la Montaña y el Vinalopó, mientras que el turismo ya se había convertido en el maná que regaba todas las poblaciones de la costa, con Benidorm a la cabeza. Y todo eso sin perder de vista una agricultura intensiva, que prometía convertirse en una de las más rentables del país con la llegada del trasvase del Tajo, que se inauguraría un año después.

Por todo ello eran muchos los que, como el sociólogo Mario Gaviria, ya entonces veían en la provincia las condiciones necesarias para que Alicante se convirtiera en la California europea. Un sueño que desde ese momento ha guiado siempre las aspiraciones de las instituciones alicantinas, con el único lapso de los años del «boom» del ladrillo, cuando desde la Generalitat de Zaplana y de Camps se defendía el modelo «Florida», más acorde a la explosión de la construcción residencial que se vivía.

Sin embargo, la llegada de la crisis y las nuevas tecnologías han propiciado que Alicante vuelva a mirarse en el espejo californiano -y, más concretamente, en Silicon Valley- como modelo de referencia. Así, en los últimos años se ha llegado a acuñar el término Alifornia para referirse al ecosistema de startups y firmas de nuevas tecnologías que empieza a tomar forma en la zona, en gran medida aglutinados en la asociación AlicanTec, que impulsa el exrector de la UA Andrés Pedreño. Está por ver si nuevamente se queda en un sueño frustrado o esta vez se convierte en realidad.

Más lejos de la media
En cualquier caso, más allá del modelo a seguir, la economía alicantina también ha experimentado notables cambios en estas cuatro décadas y no todos positivos. Por ejemplo, la provincia estrenaba la década de los 80 con un PIB per cápita que alcanzaba el 97% de la media nacional, según se refleja en el estudio Diferencias provinciales de bienestar en la España del Siglo XX, de los profesores de la UA Antonio Escudero e Hipólito Simón; un indicador que en el año 2015 -el último con datos disponibles- había descendido hasta el 78%, de acuerdo con la información de Ineca.

Una diferencia que se explica, en parte, por la distorsión estadística que provoca la existencia en la provincia de una importante colonia de residentes europeos cuyos ingresos no se generan en España -por lo tanto, su renta no suma en este indicador- pero también porque otras partes del país han crecido a un mayor ritmo durante este tiempo. Un ejemplo son las exportaciones, que en la actualidad apenas suponen el 1,8% del total nacional cuando en los años 80 superaban el 4%.

Como no podía ser de otra forma, estas cuatro décadas también han alterado el peso de los distintos sectores que conforman la economía provincial, cada vez más terciarizada, es decir, más volcada en los servicios, lo que incluye al turismo. Así, si en 1978 sólo el 40% de los ocupados de la provincia trabajaba en el sector terciario, en el tercer trimestre de este año la cifra ya alcanzaba el 74,4%, según los datos de la Encuesta de Población Activa.

Por el contrario, la industria ha pasado de dar empleo al 35% de la población a ocupar únicamente a un 14,6%; mientras que la agricultura ha pasado del 14,57% a un casi testimonial 3,8%. Por su parte, la construcción, que empleaba al 9,4% de los alicantinos hace cuatro décadas, ahora da trabajo al 7,2%, si bien es cierto que en pleno «boom» llegó a suponer casi un 15%.

Unos datos que sirven a los sindicatos para denunciar la excesiva dependencia que la economía provincial tiene actualmente del turismo, con los problemas de temporalidad y de bajos salarios que ello conlleva. Y es que la burbuja inmobiliaria provocó que muchas de las rentas que generaba la industria se desviaran a la construcción en lugar de reinvertirse en innovación y desarrollo, lo que hizo descabalgar la segunda pata del modelo «California», la de un sector fabril competitivo y de alto valor añadido. Sólo en los últimos años parece que se empieza a reconducir la situación, bajo el liderazgo del sector del calzado, que ha sabido transformar la provincia en un gran centro de diseño y distribución de sus productos, como en su día hicieron las grandes firmas de moda americanas.

"Se ha llegado a acuñar el término Alifornia para referirse al ecosistema de startups y firmas de nuevas tecnologías que empieza a tomar forma en la zona"

La revolución femenina
Otro de los cambios, y no menor, es la propia dimensión de la economía alicantina. La provincia ha sido una de las que más ha incrementado su población en estos 40 años -de 1.080.158 habitantes a 1.845.544, lo que supone un crecimiento del 70% frente al 27% del conjunto del país-, lo que también se ha reflejado en su mercado del trabajo. Así, de una población activa de 411.000 personas se ha pasado a otra de 903.000, un salto enorme en el que tiene mucho que ver, además del aumento de la población, la incorporación de la mujer al mundo laboral que se ha producido en estos años.

Y es que, cuando Prensa Ibérica veía la luz, apenas un 30% de las mujeres alicantinas desarrollaba una actividad económica remunerada fuera del hogar frente al 52% actual. Además, en aquel entonces la mayoría de las que permanecían apartadas del mercado laboral eran amas de casa, cuando ahora las más numerosas son las jubiladas.
Claro está que en este tiempo los alicantinos, como el resto de españoles, también se han acostumbrado a convivir con un problema del que se hablaba muy poco durante los años del franquismo, como es el desempleo. Un problema que a finales de los 70, a pesar de la crisis del petróleo, sólo afectaba al 6,8% de los alicantinos frente al 15% actual.

Adiós a las entidades propias
Por lo demás, otro de los hechos más destacados de estas cuatro décadas en la provincia ha sido el auge y caída de la CAM. Tras múltiples fusiones en los años precedentes, Alicante finalizaba la década de los 70 con dos grandes cajas de ahorros: la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia y la Provincial de Alicante y Valencia. Su fusión en 1988, a la que se sumó también la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Torrent, dio lugar a lo que hasta hace poco se conocía como Caja Mediterráneo, que llegó a ser la cuarta caja del país por volumen de activos tras expandirse a la práctica totalidad del territorio nacional. Un crecimiento que se realizó a caballo del sector inmobiliario, lo que llevó a la ruina a la entidad en el momento en que estalló la burbuja, cuando la CAM fue intervenida y adjudicada al Sabadell.

Eso sí, queda el consuelo de que, desde octubre del año pasado, Alicante vuelve a ser sede financiera, después de que el banco de origen catalán decidiera trasladar su domicilio social a la antigua sede central de la CAM para huir de la inestabilidad generada por el proceso independentista.

En cuanto al futuro, el gran reto de Alicante consiste en asentar la recuperación de su sector industrial, al tiempo que da con la fórmula de un turismo sostenible e intenta engancharse al tren de la nueva economía digital, siguiendo a su admirada California. La iniciativa para crear un Distrito Digital en la capital de la provincia va en esta dirección, aunque falta saber si logrará su objetivo.