Hace ahora cuarenta años, recién promulgada la Constitución del 78, se consagraba el artículo 27 del derecho a la Educación para todos los ciudadanos, algo que no estaba garantizado con antelación. Su puesta en práctica chocaba en esta provincia, como en el conjunto del país, con un enorme déficit de escuelas unido a la generación del babyboom.

El empuje a las construcciones educativas y a la gratuidad de la enseñanza llegó de la mano de los Pactos de la Moncloa, pero la inexistencia, desde entonces, de un nuevo pacto político que preserve la Educación de los vaivenes partidistas, ha llevado en todo este tiempo a una proliferación de leyes educativas que flaco favor han hecho al progreso.

El florilegio de leyes con sus siglas dan idea de la continua confusión en la que viven los profesores, como señalan algunos de ellos ya jubilados y que lo han vivido en sus carnes. Cada nueva ley ha introducido cambios que obligan a modificar el sentido de la educación y que requiere cambios de pensamiento, «no eran pura cosmética», como apunta el especialista en Didáctica Vicente Carrasco.

A la Ley General de la Educación del 70, tal y como recuerda Francisco García, profesor y sindicalista que ha hecho de esta su provincia, le sucedieron la Loece del 80, que introdujo la participación de las familias; la Lode en el 85 que incorporó los conciertos educativos; la Logse del 90 que prolongaba la educación obligatoria hasta los 16 años; la Lopegce del 95 sobre la gestión de los centros; la Loce en 2003 que no llegó a ponerse en marcha; la Loe de 2006 que la sustituyó; y la actual y vigente Lomce a la que ya empiezan a introducirle cambios previstos para 2019.

Siete leyes a razón de prácticamente una cada quinquenio, cuando todos los expertos coinciden en que hacen falta al menos quince años para observar los resultados, los mismos años que van desde el inicio de la enseñanza (3 años) hasta que, ya se opte por el Bachillerato o la Formación Profesional, se desemboca en la Universidad (18 años).
Los contenidos curriculares que dirigía la ley del 70 y convertían al profesor en un mero transmisor del conocimiento, dieron paso a un concepto más humanista, inspirado en la propia democracia recién estrenada y que convertían al alumno en el centro del aprendizaje, como también se vuelve a proclamar en la actualidad, como si siguiéramos dando vueltas sobre un mismo eje.

Aquellos movimientos de renovación pedagógica que lideraron los cambios educativos de los 80’ se polarizaron en esta provincia en la ciudad de Elche donde se multiplicó la escuela pública y se dinamizó el sindicalismo del que emergieron las escoles d´estiu.

Y, una vez incorporados a la Unión Europa, la revolución de planteamientos que preconizaba la Logse se vieron capitidisminuidos porque no les acompañaron los recursos económicos necesarios. La situación se hacía crítica cada nuevo curso especialmente en esta provincia, tradicionalmente receptora de inmigrantes. En Benidorm casi cada año hacía falta un nuevo centro educativo y pronto Torrevieja y la Vega Baja en su conjunto tomaron el relevo que casi se generalizó en todas las localidades.

 

"Los profesores continúan siendo el motor de la transformación educativa"

Tal y como lo definen los propios maestros, fueron años de «querer y no poder» porque la formación inicial del profesorado exigía transformar las pautas educativas y no se podía despegar. La Comunidad, no obstante lideró cambios que precedieron a la Logse, y en cuestión de ciclos formativos llegó a ser considerada la referencia a seguir, pero todavía hoy, los docentes siguen lamentándose del parón que supuso la inanición económica mientras empieza ya a pasarles por encima la sociedad, con sus nuevas tecnologías.

Y es que si no se alcanza la profundidad del uso de la redes sociales para transformar la enseñanza, su papel en las aulas se limita a un maquillaje superficial que, salvo honrosas excepciones, es lo que se practica en nuestras escuelas. Permeables a las modas sociales, a las aulas llega todo lo que vivimos en sociedad como un torrente y casi se les exige que lo resuelvan, cuando una cosa es que sean el reflejo (léase acoso escolar, violencia de género, y un largo etcétera) y otra muy distinta que lo puedan resolver todo a lo «superman».

Tantas piedras en el camino no excluyen que la formación recibida en las aulas también haya terminado acuñando el término «fuga de cerebros» para cuantos han emigrado de esta provincia hacia otros países y empresas que les brindan la oportunidad que no han tenido aquí, y que les han proporcionado sus profesores, que siguen siendo el motor de la transformación educativa, aunque la continua desorientación derivada de la multiplicación de leyes haya llevado también a la paradoja de que con más recursos que nunca dedicados a la enseñanza, las tasas tanto de abandono escolar como de fracaso resulten casi parejas a cuando no se destinaba tanto dinero.

Ahora, las exigencias de la OCDE por dar a paso al aprendizaje por competencias, cooperando a partir de proyectos y situándolos en el contexto, exige otra formar de hacer las cosas en el aula sobre la que sus protagonistas, esos mismos docentes, exigen una vuelta de tuerca en su formación inicial para poder adaptarla a la realidad.
Parece que seguimos necesitando repensar la educación, pero que sea todos a una.