El Covid-19 ha provocado que trabajadores de los gremios esenciales recuperen toda la admiración y el respeto ciudadano.

Gente corriente, de carne y hueso, hombres y mujeres que salen de casa a plantar cara a la amenaza invisible, a jugarse el tipo por los demás

El Covid-19 ha provocado que trabajadores de los gremios esenciales recuperen toda la admiración y el respeto ciudadano.
El Covid-19 ha provocado que trabajadores de los gremios esenciales recuperen toda la admiración y el respeto ciudadano.

Somos el futuro que vendrá… y la memoria. Atrás debe quedar el rasgo ausente de existir a medias, como de mentira, de hacerlo sin pensar, sin enfocar, dejándose devorar por impulsos, por urgencias leves, persiguiendo sueños de cartón piedra, ligando la felicidad a pulsiones minúsculas de usar y tirar. Vivimos ajenos a la grandeza de lo simple. Posamos el interés en lo que más brilla y, por lo general, lo que más interesa es lo que menos esfuerzo necesita.

Pero detrás del disfraz de progreso que reviste el primer mundo late la debilidad del ser humano frente a la naturaleza. Corremos tanto, corremos tan deprisa, que perdemos de vista la fragilidad que nos habita, la insignificancia de la que estamos hechos.

Por eso, cuando la realidad nos abofetea, tardamos en reaccionar hasta que caemos en la cuenta de que lo que nos salva la vida no es un asiento en un estadio, sino una cama en el hospital. Nos mantienen a salvo los viajes sin avión al supermercado de abajo, los camiones llenos de mascarillas, guantes y jabón de manos…

Gente corriente, de carne y hueso, hombres y mujeres que no se sienten ni mejores ni peores que nadie, que tienen miedo, que sufren en voz baja, que anteponen el deber a la exigencia, el servicio público a la vanidad; profesionales que, cuando la impostura pierde su máscara a garrotazos, salen de casa a plantar cara a la amenaza invisible, a jugarse el tipo por los demás.

Superhéroes de barrio, silenciados por la rutina informativa en tiempos de bonanza, opacados por la ceguera que ocasiona la promesa de Eldorado, pero que recuperan su lugar en la escala de valores, uno destacado, cuando las cartas vienen peor dadas, cuando la pandemia no hace distinciones entre ricos y pobres. Suyas son las manos que nos salvan.

Y aunque sus cuentas corrientes no sean proporcionales al papel que juegan, a pesar de que se hable de ellos con desgana, incluso con desprecio, la misión que cumplen es crucial, tal vez por eso, el estado del bienestar les aplaude cada día a las ocho.

Hace dos semanas, casi en el siglo pasado, el Gobierno de España elaboró un catálogo con 24 epígrafes para subrayar las actividades esenciales, un listado de servicios laborales para los que el confinamiento no rige, tareas indispensables para que la hibernación forzosa de la economía nacional no acabe en coma terminal.

Los hombres y mujeres, muchos en primerísima línea en la lucha contra el Covid-19, desafían la cuarentena para impedir que las hebras del virus que nos ha robado nuestro día a día lo infecten todo, nos llenen de sombras y reduzcan a cenizas una civilización altiva que empieza a pagar su profundo desprecio por la naturaleza.

«Nos ha hecho falta una calamidad como la que ahora estamos sufriendo para descubrir de golpe el valor, la urgencia, la importancia suprema del conocimiento sólido y preciso, para esforzarnos en separar los hechos de los bulos y de la fantasmagoría y distinguir con nitidez inmediata las voces de las personas que saben de verdad, las que merecen nuestra admiración y nuestra gratitud por su heroísmo de servidores públicos». Las palabras del escritor Antonio Muñoz Molina, transforman en letras la sensación de gratitud que emana de los balcones cuando rompen a aplaudir.

El Gobierno de España elaboró un catálogo con 24 epígrafes para subrayar las actividades esenciales.
El Gobierno de España elaboró un catálogo con 24 epígrafes para subrayar las actividades esenciales.

Catálogo de oficios vitales

Más de un mes después de la publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE) del Real Decreto 463/2020, –el que declaró la alarma nacional el 14 de marzo–, continúan a pleno rendimiento el sistema sanitario en bloque, las administraciones, el transporte público y las fuerzas y cuerpos de seguridad.

A su lado, los agricultores, los ganaderos, las compañías logísticas, la cadena completa de la industria alimentaria, las empresas químicas, los investigadores farmacéuticos, los servicios técnicos, las telecomunicaciones, los bancos y las cajas…

Detrás de cada epígrafe hay profesionales, vidas, familias, nombres propios empeñados en salir de esta sin dejar a nadie atrás aun sabiendo que no será imposible a pesar del su esfuerzo infinito. También esto pasará… y cuando lo haga habrá que tener muy presente las palabras que Francisco de Quevedo pronunció en 1611 y que se encargó de inmortalizar Antonio Machado antes de que estallara la otra gran lacra que desintegró el país en 1936, la Guerra Civil.

La némesis de Góngora le dijo entonces al tercer duque de Osuna –mientras el noble se lamentaba por su nombramiento en 1610 como virrey de Sicilia, un reino destruido económicamente y hostigado por los corsarios–, que apreciara el enorme potencial estratégico del enclave para la corona de Felipe III. El poeta era amigo de don Pedro Téllez-Girón y Velasco, por eso le dijo: «solo el necio confunde valor y precio».

Tiranía viral

Cuatro siglos después, Machado incluyó esta cita en sus Proverbios y Cantares dentro de la primera edición de Campos de Castilla, en 1912, y quedó para la historia como testimonio del verdadero prisma con el que habría que juzgar las cosas.

El Covid-19 se propaga, satura de cuerpos inertes las morgues improvisadas, enseña sus fauces letales y democratiza, con su tiranía viral, la extrema vulnerabilidad del ser humano, enredado en delirios de grandeza, en encumbrar a sujetos cuyo talento únicamente redunda en sí mismos, en sus cuentas corrientes y, en muchos casos, buscan el modo de hacer escapar al radar tributario sus riquezas para eludir los impuestos con los que el estado del bienestar se hace visible y llega al mayor número de hogares posible.

Oscar Wilde, que escribió tanto como disfrutó el efecto placebo de su fama, hizo una reflexión cuando esta le dejó de sonreír, justo antes de morir en la más tremenda de las indigencias en París. El genio dublinés, enviado a la cárcel dos años acusado de indecencia grave por conducta homosexual, llegó a la conclusión en su cautiverio que «la gente sabe el precio de todo y el valor de nada».

Ojalá el coronavirus, además de su infausto recuerdo, deje como consecuencia un cambio de paradigma en el interés popular, una variación en el reparto de glorias y méritos y sitúe a quienes hacen posible la tarea esencial de mantenernos con vida.

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